La Parábola del carruaje

Fuente:  http://eneagramacuartocamino.wordpress.com/2011/11/29/la-parabola-del-carruaje/

Pero con respecto a los cuerpos del hombre, introdujo un detalle que no había dado antes. Recurrió otra vez a la comparación oriental del hombre con un carruaje, un caballo, un cochero y un amo, y volviendo al esquema, añadió:
http://eneagramacuartocamino.files.wordpress.com/2011/11/carruaje-t12914.jpg—El hombre es una organización compleja. Está formado de cuatro partes que pueden estar conectadas, no conectadas, o mal conectadas. El carruaje está conectado al caballo por las varas, el caballo al cochero por las riendas, y el cochero a su amo por -la voz de su amo. Pero el cochero debe oír y comprender la voz del amo, debe saber cómo conducir; y el caballo debe estar adiestrado a obedecer a las riendas. En cuanto a la relación del caballo con el carruaje  debe estar correctamente enganchado. De esta manera, entre las cuatro partes de esta compleja organización existen tres relaciones, tres conexiones (ver Fig. 5 a pág. 134). Si una sola de ellas presenta algún defecto, el conjunto no puede funcionar como un todo. Las conexiones entonces no son menos importantes que »los cuerpos». Al trabajar sobre sí mismo, el hombre trabaja simultáneamente sobre los «cuerpos» y sobre las «conexiones». Pero se trata de dos clases de trabajo. “El trabajo sobre sí debe comenzar por el cochero. El cochero es el intelecto. A fin de poder oír la voz del amo, ante todo el cochero no debe estar dormido — se debe despertar. Luego, puede suceder que el amo hable un lenguaje que el cochero no comprenda. El cochero debe aprender este lenguaje. Cuando lo sepa, comprenderá a su amo. Pero esto no basta, debe también aprender a conducir el caballo, a engancharlo, a alimentarlo, a cuidarlo, y a mantener
bien el carruaje — porque no serviría de nada el que comprenda a su amo, si no está en
condiciones de hacer algo. El amo da la orden de partida. Pero el cochero es incapaz de
marchar porque no ha alimentado al caballo, no lo ha enganchado, y no sabe dónde están las riendas. El caballo representa las emociones. El carruaje es el cuerpo. El intelecto debe aprender a gobernar las emociones. Las emociones siempre arrastran al cuerpo. Este es el orden en que se debe llevar el trabajo sobre sí. Pero fíjense bien: el trabajo sobre los «cuerpos», es decir sobre el cochero, el caballo y el carruaje, es una cosa. Y el trabajo sobre las «conexiones», es decir, sobre la «comprensión del cochero» que lo une a su amo, sobre las «riendas» que lo conectan al caballo, sobre las «varas» y los «arneses» que conectan el carruaje con el caballo — es algo totalmente diferente. “Sucede a veces que los cuerpos están en excelente estado, pero que las «conexiones» no se establecen. Entonces, ¿de qué sirve toda la organización?
Como sucede con los cuerpos no desarrollados, la organización total es entonces
inevitablemente gobernada desde abajo. En otras palabras: no por la voluntad del amo, sino por accidente.

¿Son contagiosos los pensamientos depresivos?

Fuente: 

Las emociones pueden ser tan contagiosas como una gripe. Basta una breve interacción con una persona, tal vez una aparentemente intrascendente conversación de ascensor, para que nos inocule el virus de la tristeza o nos contamine con los microbios de la ira. También, del lado positivo, muchas veces es suficiente pasar al lado de alguien que sonríe para que comencemos a sentirnos mejor…
Pero, ¿qué ocurre con los pensamientos que se asocian a tales emociones? ¿son igualmente contagiosos? ¿y qué sucede cuando se trata de relaciones con una cierta estabilidad, como aquellas que mantenemos con nuestra red social habitual?

Un interesante estudio, publicado en Clinical Psychological Science, ha analizado si la vulnerabilidad cognitiva a la depresión puede ser contagiosa -literalmente- entre compañeros de habitación. En concreto, el foco del estudio se pone en dos tipos de vulnerabilidad. Una, la tendencia a centrar la atención en los pensamientos negativos y en la anticipación repetida de consecuencias negativas, algo que en el argot clínico se conoce como “rumiación” y que el común de los mortales llama “comerse la cabeza” (más o menos, por seguir con la metáfora de la “digestión cognitiva”). La otra forma de vulnerabilidad analizada es la “indefensión aprendida”, que básicamente se refiere a la interpretación de que los acontecimientos negativos ocurren por causas internas (“yo soy el culpable”), globales (“todo va mal”) y estables (“el futuro no tiene pinta de ser mejor”). Es conocido que estos estilos cognitivos se asocian a la presencia de síntomas depresivos, como la tristeza, la falta de motivación o la anhedonia. Y, más aún, los patrones de vulnerabilidad cognitiva parece que tienden a activarse cuando uno se encuentra pasando por acontecimientos vitales estresantes, lo que no ayuda precisamente a afrontarlos de la mejor manera. Como si la gripe nos encontrase, además, con las defensas bajas.