Retorno al Conocimiento VI: La historia personal, la incertidumbre y la impermanencia

Vivimos buscando certezas y nos identificamos con nuestra historia personal a cada momento, cuando la incertidumbre y la impermanencia son la única realidad. Aceptar esta situación nos permite vivir de instante en instante.

Vamos a dar un pequeño repaso resumiendo lo que hemos abordado hasta ahora para ubicarnos más adecuadamente en los temas que estamos tratando en esta serie de artículos.

El enfoque moderno de la espiritualidad está ligado a la idea científico-capitalista de progreso y beneficio. Tal consideración nos lleva a la búsqueda de metas y logros constantes, a respuestas inmediatas y a la potenciación de estados psicológicos que pueden ser perjudiciales si no los gestionamos adecuadamente. Intentamos afianzar todo lo que aprendemos de una manera que acomode nuestra vida, utilizando egoístamente los conocimientos adquiridos para que no haya sobresaltos en nosotros. Una actitud típica venida de la codicia por obtener comodidad psicológica y etiquetas fijas en todo y todos.

Las dinámicas egoicas, la ignorancia de lo que somos y la estrecha visión que tenemos de la realidad nos mantiene en un sueño que todos compartimos.

Este sueño –representado bajo diferentes símbolos y alegorías a lo largo del tiempo-, nos mantiene bajo el imperio de un sistema que rige los ciclos de vida del planeta. Esto es llamado Ley General en la Tradición ortodoxa oriental. La Ley General es necesaria y divina. Permite que la vida siga. Para ello, varias leyes dentro de esta gran ley nos someten. El hambre, la necesidad de procrear, el miedo, etc., son algunas de sus manifestaciones.

Esta ley se manifiesta en forma de diferentes influencias, llamadas influencias A, las cuales se muestran en forma de idiosincrasias culturales, por ejemplo, en el condicionamiento de la experiencia puramente subjetiva, etc. Estas influencias tienen la función de mantenernos en el lugar que nos corresponde según la Ley General, que es la de servir al conjunto.

En el momento en que un individuo, por alguna causa, experimenta que hay algo más allá de lo conocido, comienza a abrírsele una puerta hacia otro tipo de vida que, según la Tradición, es llamada Ley de Excepción. En este punto puede empezarse un trabajo serio sobre sí mismo, el cual requiere esfuerzos constantes, pero no forzados, porque todo aquello que se fuerza demasiado suele acarrear el resultado contrario al que esperábamos o pretendíamos llegar. Es un camino de constancia y paciencia.

Imaginemos que nos disponemos a emprender una caminata.

Si nuestro ascenso es lento y rítmico, ganamos mucho. No agotamos nuestras energías atrozmente. Observamos las plantas y árboles de nuestro alrededor, el cielo abierto y la montaña lejana; oímos el correr del río cercano, el trino de los pájaros y el suave viento meciendo las ramas de los árboles y acariciando nuestro rostro. Lenta y rítmicamente, sobre el camino, aprendemos de él y de lo que contiene. Conocemos la dirección de la cual procederá el viento, qué pájaros cantan, qué especies de árboles y plantas hay y cuáles son sus propiedades; así consolidamos nuestro conocimiento del camino por el que andamos.

En cambio, si andamos por un camino con prisa para llegar a la meta, sin observar lo que nos rodea, sin apenas sentirnos a nosotros mismos, lo único que hemos hecho ha sido abstraernos, olvidando la realidad misma. Por ello, de nada sirve ir con prisa por la senda del conocimiento. La paciencia es una virtud.
Mouravieff escribió en Gnosis:
[…] Esta evolución [la de uno mismo] aparece como un largo proceso, como un combate ininterrumpido, una sucesión de éxitos y caídas. Más de una vez el buscador sufrirá crisis de desaliento. Más de una vez le parecerá ser arrojado fuera de su propia vida; se sentirá a veces aplastado por el peso de pruebas y dificultades a las cuales se expone en el curso de sus búsquedas. Es comprensible, porque en su enseñanza la ciencia esotérica va más allá de la simple información: apunta, en efecto, a la transformación del ser de quienes la estudian, preocupación ésta totalmente ajena a la ciencia positiva. Como generalmente tiene que ver con injustos, pero aspirantes a la luz, ella los llama, según las palabras de San Pablo, “a despojarse del hombre viejo y a vestir el hombre nuevo que se renueva en el conocimiento, según la imagen de Aquel que lo ha creado”.
Y agrega:
“Si la ciencia esotérica todo lo ofrece, también todo lo pide en cambio. Es preciso pagar todo. Es imposible llegar a lo Verdadero por vía de la mentira o por un juego hipócrita. Aquí se trata de ser y no de parecer. En este orden de ideas debe buscarse el sentido profundo de esa terrible historia de Ananías y de Safira que narra San Lucas en los Hechos de los Apóstoles.[1]
Este último comentario nos sirve de puente para recalcar la importancia de un compromiso interno que se da de instante en instante. El compromiso interno del que hablamos versa sobre la elección de prioridades en nuestra vida. Y la prioridad para quien toma la decisión de trabajar sobre sí mismo es la del Conocimiento, que todo lo abarca. Tener como prioridad el autoconocimiento es ir en dirección de la aprehensión y del acto de participar conscientemente de la realidad inmediata.

Y para ello, contamos con la asistencia del Conocimiento mismo, de la Tradición, que con sus influencias nos ayuda.

Resumidamente, estos son los temas centrales que hemos tratado hasta ahora.

Historia personal

Algo que buscamos incesantemente es que todo sea de una determinada manera. No importa de cual mientras sea definible. “Soy así, me comporto de tal modo… Él o ella tienen tal carácter, esto es feo o es bello, esto está bien hecho o mal hecho…” No cesamos de juzgar y determinar las cosas de modo rígido y limitado. Y esto nos ocurre con todo. Nos servimos de marcos de referencia para reafirmarnos y continuar en nuestra burbuja particular. Jerarquizamos, separamos, unimos según nos conviene.

Cuando obramos así, esperamos que todo lo que acontece en nuestra vida sea de la forma en que pensamos que ha de ser, y si no es el caso, maldecimos lo sucedido. Nos cuesta adaptarnos y aceptar las situaciones que se van dando a lo largo de nuestra vida porque prácticamente siempre estamos a expensas de nuestros marcos de referencia y de la defensa de nuestra burbuja particular. Nos da miedo lo incierto; nos atrae lo que parece seguro.

Vivimos dentro de una historia que creemos que nos representa. El pasado nos ata; la preocupación por el futuro nos abruma. En nuestra historia personal, existen una serie de hechos que nos configuran, una moralidad, percepción y continuidad egoica que nos hace dar vueltas en círculos constantemente. La historia personal es una trampa del ego disfrazada de coherencia y solidez. Pero en realidad, la historia personal lo que provoca en nosotros es la identificación con el ego y la consecuente continuación de sus movimientos. Aunque seamos contradictorios, a veces no nos damos cuenta, en parte porque nuestra historia personal parece coherente y continua.

Entramos en la linealidad, en una caja psicológica en la que no hay otra cosa que el recuerdo de lo que es o pudo haber sido y del deseo de lo que queremos que sea. Dejamos entonces de vivir el presente y experimentarlo en su esencia. La historia personal nos lleva a flotar por la superficie de lo que somos en realidad, porque ésa historia es una gran ilusión per se, en la que están metidos todos los deseos y condicionamientos de la psique.

Incluso defendemos y nos apegamos a nuestra historia personal. En la obra de Carlos Castaneda encontramos una interesante exposición al respecto.
—¿Cómo puede uno dejar su historia personal? —pregunté en tono de discusión. —Primero hay que tener el deseo de dejarla —di­jo [Don Juan]—. Y luego tiene uno que cortársela armoniosa­mente, poco a poco. […]—Quizá debería usted decirme a qué se refiere con lo de dejar la historia personal —dije.—A acabar con ella, a eso me refiero —respondió cortante.[…]
Don Juan dijo que todos cuantos me conocían te­nían una idea sobre mí, y que yo alimentaba esa idea con todo cuanto hacía.
—¿No ves? —preguntó con dramatismo—. Debes renovar tu historia personal contando a tus padres, o a tus parientes y tus amigos todo cuanto haces. En cambio, si no tienes historia personal, no se necesi­tan explicaciones; nadie se enoja ni se desilusiona con tus actos. Y sobre todo, nadie te amarra con sus pensamientos. […]
—Vale más borrar toda historia personal —dijo despacio, como dando tiempo a mi torpeza de anotar sus palabras— porque eso nos libera de la carga de los pensamientos ajenos.[…]—Poco a poco tienes que crear una niebla en tu alrededor; debes borrar todo cuanto te rodea hasta que nada pueda darse por hecho, hasta que nada sea ya cierto. Tu problema es que eres demasiado cierto. Tus empresas son demasiado ciertas; tus humores son demasiado ciertos. No tomes las cosas por hechas. Debes empezar a borrarte.
[…]
—Verás —prosiguió—: sólo tenemos una alterna­tiva: o tomamos todo por cierto, o no. Si hacemos lo primero, terminamos muertos de aburrimiento con nosotros mismos y con el mundo. Si hacemos lo se­gundo y borramos la historia personal, creamos una niebla a nuestro alrededor, un estado muy emocio­nante y misterioso en el que nadie sabe por dónde va a saltar la liebre, ni siquiera nosotros mismos.Repuse que borrar la historia personal sólo acre­centaría nuestra sensación de inseguridad.—Cuando nada es cierto nos mantenemos alertas, de puntillas todo el tiempo —dijo él—. Es más emo­cionante no saber detrás de cuál matorral se esconde la liebre, que portarnos como si conociéramos todo.[2]
Lo que se nos sugiere es que estamos tan aferrados a nuestra historia personal —que al fin y al cabo es un mundo auto creado—, que vivimos en la mentira y en lo puramente fenoménico. Es decir: viviendo a través de la propia historia y sus proyecciones, no somos capaces de ir más allá de nuestras típicas consideraciones sobre nosotros y la vida, ya que el condicionamiento y su historia personal son las causas de lo que hacemos, y “conscientemente” somos el fenómeno. Si fuéramos más conscientes, estaríamos atentos en todo momento, fuera del confort psicológico que nos mantiene enquistados, y entonces no necesitaríamos refugiarnos en nuestra historia personal para vivir.

La incertidumbre y la impermanencia

Todo es incertidumbre y no dura siempre. Somos más ignorantes que conocedores, eso es irrefutable. Y siendo esta nuestra situación, en la que hay más incertidumbre que certeza para nosotros, no es aconsejable que demos las cosas por hechas y definidas. A veces nos sorprendemos a nosotros mismos con nuestras reacciones, y lo mismo nos pasa con los demás. En ocasiones adquirimos un conocimiento que más tarde descubrimos que es paradójico o que tiene su contrario como complemento para que exista.

Y es que, a medida que vemos más, nos damos cuenta de que todo es incertidumbre, que algo que se ha dado en un momento puede ser distinto en otro; que los objetos y situaciones no duran indeterminadamente, y que apegarse es absurdo.

Cuando aceptamos que la incertidumbre y la impermanencia son denominadores comunes de lo que existe, poco a poco dejamos de aferrarnos a nosotros mismos, a situaciones dadas o a personas, y va cesando la necesidad de reafirmación constante.

Una forma en que puede vivirse sin identificarse con la historia personal, siendo conscientes de la incertidumbre y la impermanencia es estando presente, viviendo de instante en instante, y actuando según el momento y no de nuestros marcos de referencia. La única realidad es que vivimos de instante en instante, y ubicarnos en esta posición es lo idóneo para estar presente y reconocer qué es lo que sucede y cómo interactuar con ello.





[1] Hechos,V,1-ll.

[2] Viaje a Ixtlán (capítulo II), 1972

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