Cuestiones sobre la Búsqueda I: ¿Qué buscamos?

¿Qué es lo que buscamos? ¿Hacia dónde dirigimos nuestras búsquedas interiores? ¿Realmente son interiores? Y, ¿nos preguntamos por qué buscamos?

Es importante preguntarnos a nosotros mismos por qué buscamos el Conocimiento, si es eso lo que pretendemos encontrar, y para qué lo queremos. René Guénon, en la obra Iniciación y realización espiritual, escribió:
[…] La inquietud perpetua de los modernos no es otra cosa que una de las formas de esa necesidad de agitación que hemos denunciado frecuentemente, necesidad que, en el orden mental, se traduce por el gusto de la búsqueda por sí misma, es decir, de una búsqueda que, en lugar de encontrar su término en el conocimiento como lo debería normalmente, se prosigue indefinidamente y no conduce verdaderamente a nada, y que es una empresa sin ninguna intención de llegar a una verdad en la que tantos de nuestros contemporáneos no creen siquiera.[1] 
Acordaremos que una cierta inquietud puede tener su lugar legítimo en el punto de partida de toda búsqueda, como móvil incitante a esta búsqueda misma, ya que no hay que decir que, si el hombre se encontrara satisfecho de su estado de ignorancia, permanecería en él indefinidamente y en modo alguno buscaría salir de ahí.
Como es común, en el momento de emprender la búsqueda partimos desde la ignorancia. El anhelo está en nosotros, definido inicialmente en la ingenua expresión “sé que hay algo más de lo que veo y lo que vivo”, locución esta peligrosa, ya que puede llevarnos a creer en el pensamiento mágico y en figuras de luz que no están más allá de nuestras mentes. Aun así, dicho enunciado no es falso en sí mismo, ya que vivimos dentro de un statu quo muy definido y concretizado, consensuado por prácticamente todos los miembros de la sociedad, y aquel que intuye que hay algo más allá de lo que está estipulado se está percatando de que la realidad es otra bien distinta y mucho más amplia.

Cuento esotérico VI: Las mariposas y la vela

Extraído de "El Lenguaje de las pájaros".

Una noche, se reunieron las mariposas atormentadas por el deseo de unirse a la vela. Dijeron todas: "Tenemos que encontrar a alguien que pueda darnos noticias de nuestra amorosa búsqueda". Una mariposa fue hasta un lejano castillo y percibió en su interior la luz de una vela. Volvió y contó lo que había visto; se puso a hacer la descripción de la vela según la medida de su inteligencia. Pero la sabia mariposa que presidía la reunión expresó la opinión de que la mariposa exploradora
no sabía nada de la vela. 

Otra mariposa pasó cerca de la vela y se aproximó. Tocó con sus alas la llama, la vela fue victoriosa y ella fue vencida. También volvió y reveló algo del misterio de la cuestión. Explicó un poco en qué consistía la unión con la vela; pero la mariposa sabia le dijo: "Tu explicación no es más exacta que la que ha dado tu compañera".

Una tercera mariposa se levantó ebria de amor; fue a echarse violentamente contra la llama de la vela: lanzada por sus patas de atrás, tendió al mismo tiempo las de delante hacia la llama. Ella misma se perdió y se identificó alegremente con la llama; la abrazó por completo y sus miembros se volvieron rojos como el fuego. Cuando la sabia mariposa, jefe de la reunión, vio de lejos que la vela había identificado al insecto con ella y le había dado la misma apariencia, dijo: "La mariposa ha
aprendido lo que quería saber; pero ella sola lo comprende y eso es todo".

Aquel que en efecto no tiene ni huella ni índice de su existencia sabe realmente más que los otros sobre el aniquilamiento.

Mientras que no ignores tu cuerpo y tu alma, ¿conocerás nunca el objeto de tu amor? El que te ha dado el menor índice de la cosa sumerge por esto profundamente tu alma en sangre; pero, puesto que el mismo aliento no es admitido aquí, nadie, con mayor razón, podrá serlo.

El pensamiento positivo y el pesimismo: dos caras de la misma moneda

Hoy día corre por doquier la creencia del pensamiento positivo como una filosofía de vida que nos permite alcanzar la felicidad y el bienestar, apartando lo negativo de nuestras vidas. ¿Es idónea tal pretensión y actitud?

Como ya sabe el lector, este blog y el trabajo que aquí realizo va enfocado al autoconocimiento, al despertar de la Conciencia y a la participación en la realidad. Esto significa que las reflexiones que expongo van hacia una dirección muy concreta. Con esto quiero decir que una persona que desea vivir una vida cómoda, conformista y mantenedora de bienestar está en su pleno derecho de continuar con ello, y pensar positivamente apartándose de lo negativo es una buena forma de tener una vida más o menos estable, hasta cierto punto, dentro de los cánones de la vida común. Pero cuando hablamos del Camino del Conocimiento, estamos tratando con algo totalmente distinto. El primer tipo de vida que he comentado va en dirección al mantenimiento de la Ley General, y el Camino del Conocimiento nos conduce hacia la Ley de Excepción, siendo ambas diametralmente opuestas.

La dialéctica y las falacias lógicas

Si indagamos en la ciencia de la dialéctica y el discurso, la cual se centra en el estudio del razonamiento lógico, encontramos que hay varios métodos que nos ayudan a abordar las cuestiones intelectuales con solidez y exactitud. A lo largo del tiempo –teniendo a la sabiduría de la Antigua Grecia como columna vertebral de los estudios de la dialéctica-, el refinamiento de la argumentación lógica llevó a describir multitud de modos de defender una tesis que, aun pareciendo coherentes y sensatas, eran especulaciones con grandes fallas en su esencia, puesto que por una o varias razones contenían sesgos cognitivos que no analizaban la realidad tal y como es, sino cercenadamente. Este tipo de razonamientos son llamados sofismas o falacias lógicas.

Hay multitud de falacias lógicas, argumentos con un contenido carente de solidez. Son, consciente o inconscientemente, postulados creados con un interés que siempre va a favor de la persona que los expone, tomando direcciones que, más que ir hacia la verdad, van hacia el propio beneficio. También pueden ser proferidos por la ausencia de conocimiento y la ignorancia respecto a las dinámicas psicológicas en las que solemos navegar.

Sumergidos en la subjetividad, viviendo a través de los deseos, configuramos nuestra visión de las situaciones en base a las tendencias egoicas que nos dominan. Aprender a analizar los hechos desde todos los prismas posibles conlleva una apertura realista a cualquier tema que tratemos. Pero hay más que eso; lo veremos un poco más adelante.

La práctica de la atención

"Cuando camines, camina; cuando comas, come."
-proverbio zen
¿Qué entendemos cuando hablamos de atención?

Atender proviene del latín attendere, formada por ad-(proximidad) y tendere (estirar, tender). Significa “tender hacia”, “estirar hacia”. Atender es dirigirse hacia algo. Solemos usar este término para referirnos a una actitud en la que la concentración es ejercida para realizar una actividad.

Entonces, la práctica de la atención supone centrar la energía en una actividad en particular, lo cual nos conducirá hacia un lugar distinto al que nos encontramos antes de iniciar el proceso de atención.

Más claramente, la atención es movimiento. Podemos constatarlo cuando comparamos los periodos en que ponemos toda nuestra atención en cualquier actividad –leer, escuchar, comer, andar- con aquellos momentos en donde la atención brilla por su ausencia. La experiencia del momento es mucho más intensa y nítida cuando estamos atentos que cuando andamos dispersos, divagando psicológicamente entre pensamiento y emoción, emoción y acto, y viceversa. Cuando estamos dispersos no somos conscientes de lo que sucede, ni siquiera de lo que vivenciamos internamente.

La atención interior

En el trabajo sobre sí, la atención es dirigirse hacia el afloramiento de la Conciencia dormida en nosotros. Cuando ponemos atención a lo que ocurre en nuestro interior en cada situación vivida, estamos generando un movimiento interno que nos permite apreciar la naturaleza, el cómo y el porqué de las dinámicas psicológicas que funcionan automáticamente en nosotros.

Cuando caemos en el estado de identificación –“me siento así”, “me está pasando esto”, “soy así”-, puede ser complicado darse cuenta y salirse de tal situación psicológica, porque los estados egoicos embriagan nuestra atención. Y en esto también consiste la práctica de la atención: en ser conscientes de que podemos caer en estados egoicos en cualquier momento, porque es lo habitual. Esta consideración nos ayuda a no bajar la guardia. Pero no se trata de obsesionarse para no entrar en dichos estados, porque puede producirnos angustia y estaríamos igualmente dentro de una dinámica psicológica; más bien se trata de cultivar paso a paso la comprensión de nuestra situación interior presente, independientemente de la que sea.

Estar atento no es activar la concentración y esforzarse por ser consciente de nuestro interior forzando vivir estados conscientes; esto es absurdo y nos conduce a la amargura debido a que termina generándonos ansiedad y frustraciones. En la atención debe haber aceptación, porque es lo que nos permite movernos hacia la Conciencia. Y es tal aceptación la que nos da acceso a una mayor visión de nuestra interioridad. Sin aceptación no puede haber atención, porque la no-aceptación sesga nuestra percepción de la realidad.

La práctica de la atención es un “despertador” que nos permite acercarnos a un estado consciente real, en el que naturalmente hay atención desde la Conciencia.

Para practicar la atención, podemos atenernos al proverbio zen: “Cuando camines, camina; cuando comas, come”. Así veremos cambios en nosotros, paulatinos y constantes. 

¿Estamos presentes?

Nos despertamos por la mañana, ponemos los pies en el suelo y abrimos la ventana del dormitorio. Enjuagamos la boca y nos lavamos los dientes. Desayunamos, o hacemos un poco de ejercicio antes de comer algo. Vamos al trabajo, a clase, a ocuparnos de las tareas del hogar. Leemos revistas y periódicos, vemos la televisión, visitamos internet, hablamos con la gente, vamos de aquí para allá. Luego comemos, y reemprendemos nuestras tareas. Después nos duchamos al llegar a casa y descansamos después de la cena.
Aproximadamente, es un día cotidiano en nuestras vidas. Durante esta rutina, ¿cuántos instantes somos conscientes de nosotros mismos? Lo más normal es que contestemos que en todo momento lo hemos sido. Pero piense el lector por unos segundos y respóndase a la siguiente pregunta: ¿Todas las cosas que ha hecho durante el día, las ha hecho de forma automática? ¿Se sintió a sí mismo al despertarse? ¿Observó y contempló unos instantes el paisaje tras la ventana cuando fue a abrirla? ¿Notó el agua en su boca y como el cepillo de dientes hacía su labor? ¿Masticaba rápido o lento? Y globalmente: ¿es consciente de su respiración y del cuerpo, la emoción, el pensamiento y la Conciencia?
Lo típico es que actuemos día tras día dentro de nuestros hábitos, sin estar verdaderamente presentes en cada actividad realizada. Estar presente es ser consciente de cuanto hacemos, pensamos y sentimos. Si somos conscientes durante nuestra experiencia de vida, estando presentes el mayor tiempo posible, nuestras vivencias son reales.
Intentar estar presente en cada momento, en cada acción, es el inicio de la reconquista de la Presencia.
La Presencia se recupera, porque siempre ha estado ahí, solo que no la hemos mantenido despierta. La Presencia es ser consciente de que existo y participo en la existencia. Situaciones de gran shock, como tener un accidente o vivir una experiencia que alcanza los límites de lo que solemos soportar, son portadoras de momentos de pura Presencia. De igual modo, un estado de profunda meditación alberga la puerta de entrada a la Presencia de sí.

La Presencia va más allá de las emociones, los pensamientos o los impulsos instintivos. Estos tres factores se representan automáticamente; son papeles que personificamos al instante, siendo ilusorios, finitos e subconscientes. El estado de Presencia es uno en el que no hay juicio ni discriminación, es una observación y experiencia en primera persona al mismo tiempo, es sentir que uno es individuo y que al mismo tiempo está conectado a todo lo demás. Al ser un estado de experiencia puro, no hay belleza ni fealdad, tan sólo se está aquí y ahora. 
La práctica de la meditación y de la atención en la cotidianeidad son caminos que nos llevan a la comprensión y a estar presentes. No hay recetas mágicas. La cuestión radica en aprender a dirigir la propia voluntad cuestionándonos el cómo y el por qué de nuestras conductas, reflexionando sobre ellas y redirigiendo nuestras energías hacia los valores conscientes y cesar de darle alimento a las dinámicas psicológicas. 

Simbolismo: El triángulo

Triángulo. 1. El simbolismo del triángulo corresponde al del número tres. No puede ser plenamente desentrañado más que en función de sus relaciones con las otras figuras geométricas.
Según Boecio, que adopta las concepciones geométricas platónicas y que los autores romanos estudian, la primera superficie es el triángulo, la segunda el cuadrado y la tercera el pentágono. Toda figura, si se hacen partir unas líneas de su centro hasta los ángulos, puede ser dividida en varios triángulos. El triángulo está en la base de la formación de la pirámide (De Arithmetica, II, vi; P.L. 63, c. 1121 y II, XXII, c. 1129).
El triángulo equilátero simboliza la divinidad, la armonía y la proporción. Dado que toda generación se produce por división, el hombre corresponde a un triángulo equilátero cortado en dos, es decir a un triángulo rectángulo. Este, según expone Platón en el Timeo, es también representativo de la tierra. Esta transformación del triángulo equilátero en triángulo rectángulo se traduce por una pérdida de equilibrio.
2. Las figuras geométricas que vienen tras el triángulo equilátero son el à cuadrado y el à pentágono. Al adoptar el pentágono la forma estrellada se convierte en un pentagrammon que designa la armonía universal. Se lo encuentra a menudo, pues se emplea como talismán contra las malas influencias. Es la clave de la geometría y está en la base de la sectio aurea (cf. F.M. Lund, Ad qua dratum. Elude des bases geométriques de ‘architecture religieuse dans anhiquité el au Moyen Age découvertes dans la caihédra le de Nidaros, París, p. 2ss. 1 39ss), llamada también proporhio divina. El doctor J.E. Emerit ha mostrado, a propósito del pentágono y del à dodecaedro (J.E. Emerit, Acupunclure el Astrologie, Embats [1955, p. 124ss); cómo se efectúa la transición del pentágono, que designa el mundo de los planos, al dodecaedro, que representa el mundo de los volúmenes y corresponde a los doce signos zodiacales. El reproduce un texto de Davisson. Cada uno de los sólidos primarios (hexaedro, tetraedro y dodecaedro) tiene su plano propio: el cubo, el cuadrado; la pirámide, el triángulo; y el dodecaedro, el pentágono. Las correspondencias entre los números y las figuras geométricas son absolutas. Mientras el hombre es el juego de los contrarios, no puede tener ningún sentido del círculo, que simboliza la unidad y la perfección. Todo se le escapa: el triángulo, el cuadrado, la estrella de cinco puntas y el à sello de Salomón de seis rayas. Si el hombre no ha nacido espiritualmente, estas figuras geométricas mantienen secretos sus símbolos, que corresponden a los números 3, 4, 5 y 6. El dodecaedro no se hace accesible más que en el orden de la perfección (sobre la transmisión de los símbolos, cf. P.D. Duspensky, Fragmenls d’un enseignemeni in connu, París 1950, p. 396ss).

La Ley de Tres y la manifestación

El triskel es también una representación de la Trinidad.
Vivimos desde una concepción dualista. Por comparación y oposición, reconocemos lo que es bueno o malo, placer o dolor, alegría o tristeza, alto bajo, fuera o dentro, etc. Es así como normalmente concretamos los objetos de nuestros sentidos.

Puede considerarse dual aquel objeto que tiene su opuesto, que choca con otra fuerza produciendo un nuevo fenómeno, o en todo caso es anulado o anulador de la otra fuerza con la que impacta.

Aunque es un error pensar que solamente hay dualidad. Y es un error mayor pretender trascender la visión dual intentando vivenciar y ubicarse en la Unidad. En primer lugar, en nuestro estado psicológico, mecánico y sujeto a multitud de cadenas físicas y psíquicas, no somos del todo capaces a la hora de comprender qué es la Unidad. Podemos experimentar en ciertos momentos una parte de lo que Es, pero no todo el tiempo ni de una forma definitiva. Decir que “todos somos Uno” no es mentira, pero debido a tal situación psíquica y a que habitamos en un nivel de existencia en que la complejidad y la riqueza de la multiplicidad son predominantes, querer alcanzar la Unidad de repente es como intentar coger el sol con nuestras manos desde la ventana de nuestra casa. Y precisamente es lo que ocurre: nosotros “vemos” la Unidad, siendo posible conceptuarla hasta cierto punto, pero si no estamos en ella realmente no hay modo de comprenderlo. Es más, si fuéramos Unidad consciente no estaríamos aquí.

La Ley de Tres

Para que los opuestos interactúen, o mejor dicho, para que se produzca fenómeno alguno, ha de haber una fuerza que los una, siendo esta fuerza consciente e impulsora, que permite la aparición de lo creado. Este tercer factor es llamado en la Tradición fuerza neutralizante.

Simbolismo: La espiral

La espiral, cuya formación natural es frecuente en el reino vegetal (viña, con vólvulo) y animal (caracol, conchas, etc.), evoca la evolución de una fuerza, de un estado.
1. En todas las culturas se encuentra esta figura cargada de significaciones simbólicas: «La espiral es un motivo simple: se trata de una línea que se enrolla sobre si misma, a imitación quizás de las numerosas espirales que se encuentran en la naturaleza, sobre las conchas por ejemplo. Es un motivo abierto y optimista: nada es más fácil, cuando se ha partido de una extremidad de esta espiral, que alcanzar la otra extremidad».
«Manifiesta la aparición del movimiento circular saliendo del punto original; este movimiento lo mantiene y lo prolonga indefinidamente: es el tipo de líneas sin fin que enlazan incesantemente las dos extremidades del devenir... (La espiral es y simboliza) emanación, extensión, desarrollo, continuidad cíclica pero en progreso, y rotación creacional».
La espiral se vincula al simbolismo cósmico de la luna, al simbolismo erótico de la vulva, al simbolismo acuático de la concha y al simbolismo de la fertilidad (doble voluta, cuernos, etc.); representa en suma los ritmos repetidos de la vida, el carácter cíclico de la evolución.