Cuestiones sobre la Búsqueda I: ¿Qué buscamos?

¿Qué es lo que buscamos? ¿Hacia dónde dirigimos nuestras búsquedas interiores? ¿Realmente son interiores? Y, ¿nos preguntamos por qué buscamos?

Es importante preguntarnos a nosotros mismos por qué buscamos el Conocimiento, si es eso lo que pretendemos encontrar, y para qué lo queremos. René Guénon, en la obra Iniciación y realización espiritual, escribió:
[…] La inquietud perpetua de los modernos no es otra cosa que una de las formas de esa necesidad de agitación que hemos denunciado frecuentemente, necesidad que, en el orden mental, se traduce por el gusto de la búsqueda por sí misma, es decir, de una búsqueda que, en lugar de encontrar su término en el conocimiento como lo debería normalmente, se prosigue indefinidamente y no conduce verdaderamente a nada, y que es una empresa sin ninguna intención de llegar a una verdad en la que tantos de nuestros contemporáneos no creen siquiera.[1] 
Acordaremos que una cierta inquietud puede tener su lugar legítimo en el punto de partida de toda búsqueda, como móvil incitante a esta búsqueda misma, ya que no hay que decir que, si el hombre se encontrara satisfecho de su estado de ignorancia, permanecería en él indefinidamente y en modo alguno buscaría salir de ahí.
Como es común, en el momento de emprender la búsqueda partimos desde la ignorancia. El anhelo está en nosotros, definido inicialmente en la ingenua expresión “sé que hay algo más de lo que veo y lo que vivo”, locución esta peligrosa, ya que puede llevarnos a creer en el pensamiento mágico y en figuras de luz que no están más allá de nuestras mentes. Aun así, dicho enunciado no es falso en sí mismo, ya que vivimos dentro de un statu quo muy definido y concretizado, consensuado por prácticamente todos los miembros de la sociedad, y aquel que intuye que hay algo más allá de lo que está estipulado se está percatando de que la realidad es otra bien distinta y mucho más amplia.

Y he aquí un obstáculo, a la vez que atajo, del cual hemos de hacernos conscientes: estamos muy condicionados psicológicamente. Nuestras percepciones y conceptuaciones nos acompañan desde la infancia, y el hecho de que comencemos a buscar no significa que tal situación cambie de forma radical. Efectivamente estamos igual, con la salvedad de que empezamos a movernos, al menos aparentemente, porque no lo sabemos del todo. P.D Ouspensky lo comentó claramente al inicio de su obra Tertium Organum:
La cosa más difícil es saber lo que sabemos y lo que no sabemos. Por tanto, si deseamos saber algo, debemos primero de todo establecer qué aceptamos como datos, y qué consideramos que exige definición y prueba, o sea, debemos determinar qué sabemos ya, y qué deseamos saber. 
En relación con nuestra cognición del mundo y de nosotros mismos, las condiciones serían ideales si fuera posible no aceptar nada como datos y considerar que todo exige definición y prueba. 
En otras palabras, sería mejor suponer que no sabemos nada, y tomar esto como nuestro punto de partida.
Estamos muy identificados con nuestras ideas sobre el mundo y sobre nosotros mismos; nos es difícil desprendernos de aquello que creemos que nos define. Además, aunque no se lo digamos a nadie, solemos creernos muy buenos, personas coherentes y con altos valores humanos. No es que pensemos en ello, sino que lo damos por hecho.

Damos por hecho muchas cosas. En esta sociedad, por ejemplo, la búsqueda de la felicidad está muy arraigada. Consideramos que buscarla en lo material es insano, porque “la felicidad está en nuestro interior”. Pero, ¿quién nos ha dicho que hemos de buscar la felicidad? ¿Por qué? ¿Para estar bien? ¿Y por qué queremos estar bien? ¿Es que estamos mal?

Si buscamos la felicidad, estamos dando por hecho de que somos infelices, y no vemos que la búsqueda de la felicidad es infelicidad en sí misma. Es un círculo vicioso que no apreciamos porque valoramos aquellos momentos en los que nos sentimos bien, un modo de recompensarnos entre el sufrimiento y el padecimiento experimentado por hallar la dicha.

A este respecto, creo que aquí se mezclan la intrínseca búsqueda humana del placer sensorial y emocional –es decir, el llenado egoico-, y el aprovechamiento de las élites –gobiernos y grandes corporaciones- a sabiendas de ello, para convencernos de que hemos de buscar la felicidad. Así compramos el producto “x”, o el libro de autoayuda “Sé feliz en diez pasos porque lo mereces”, y ya de paso nos creemos que somos unos infelices de base. Es curioso que los libros de autoayuda no sean para gente con verdaderos problemas psicológicos necesitados de un apoyo; están escritos para todo el mundo. El mensaje es claro: “No os ayudáis, no sois felices, eres maravilloso pero no lo ves, recupera tu poder interior, etc.”

Lo mismo sucede con el enfoque “sanador” de las llamadas terapias alternativas, convertidas en un híbrido entre el cientificismo y lo espiritualoide. Interesante mercado para los comerciantes de la Nueva Era: aquellos que confían en el paradigma científico tienen su ración de supuesta espiritualidad, y los que se consideran espirituales se llevan su porción de explicaciones teóricamente científicas, aunando lo aparentemente irreconciliable para vender mejor.

Resulta inquietante el enfoque “sanador” de lo que hoy se llama espiritualidad: sanación y desarrollo interior son considerados sinónimos, cuando su relación es nula. Si sanas te realizas un poco más, y si no reconoces qué hay que sanar en ti, tienes resistencias.

Permítanme compartir una anécdota personal. Hace algunos años fui a un encuentro de agricultura ecológica en la que los promotores eran seguidores de las terapias alternativas de hoy día y, por tanto, también los asistentes. En un momento de descanso, una persona nombró una publicación conspiranoica, y comenté que, a mi parecer, no era más que fantasía y sensacionalismo –como, por desgracia, la mayoría de publicaciones de este tipo-, y alguien, con mucha seguridad, me dijo textualmente: “No te gusta porque tienes una resistencia.” No evité sonreír. Resultaba que discernir un poco era resistirse.

Me imagino que si una persona asiste a un curso de estas características y se siente bien consigo misma, yendo para aprender y no para sanar, en el momento en que le digan qué ha venido a sanar, y dicha persona, estando bien, responda que no tiene nada que sanar, será considerado un pobre ignorante que no sabe ni quién es, porque tiene una resistencia y no quiere curarse. Y esto es un terrible error de conceptuación –en parte intencionado- proveniente de lugares como Esalen (si entran en el enlace, comprenderán a qué me estoy refiriendo).

El error de conceptuación es la consideración de que estamos mal, que los bloqueos emocionales y nuestras ideas han de ser curadas. No se trata de curación. El asunto radica en que somos mecánicos; andamos por la vida reaccionando, repitiendo pautas de comportamiento una y otra vez, sin darnos cuenta de quiénes somos en realidad, sin profundizar en nosotros. Y esto es así porque estamos dormidos. No quiere decir que estemos enfermos en el sentido en el que nosotros definimos el término “enfermedad”. De hecho, una persona con graves problemas psicológicos no es apta para andar el Camino.

Cierto es que nuestro estado de dormidez ha de ser transformado en despertar si tendemos hacia la Conciencia y lo Divino, y que ciertamente, tener ego y vivir a través de él es una problemática si no aprendemos a trabajar con ello. Pero esto no significa que tengamos que sanar; en todo caso es una transformación a través de la comprensión y la integración profunda. Y esto no se consigue con ninguna terapia. Es un proceso de uno mismo, largo, afincado en la constancia y la paciencia.

A modo de ejemplo de lo comentado, recuerdo que unos monjes budistas de una escuela tibetana me comentaron una vez que cuando uno de sus maestros –un rinpoché- llegó a Europa, la gente iba a él a pedirle soluciones para sus problemas psicológicos. Viendo la situación, el rinpoché abrió un centro dedicado a la ayuda para las personas con este tipo de problemas.

Puede andar el Camino aquel que en su estado “normal” está bien. Si hay un gran tormento en sí mismo, puede ser contraproducente pretender iniciar siquiera la búsqueda, porque ésta no es un solucionador de problemas. Y esto ocurre frecuentemente debido al horrible enfoque actual respecto a lo que se llama espiritualidad.

Y aquí nos encontramos con otro punto que es importante tener en cuenta: el uso del lenguaje y el significado que le damos a las palabras. En el siguiente capítulo abordaremos esta cuestión.




[1] Un ejemplo lo vemos en todas las personas que, sin saber cuál es el impulso, frecuentan todo tipo de talleres, cursos, conferencias, congresos y demás eventos como finalidad en sí misma. 

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