Simbolismo: El triángulo

Triángulo. 1. El simbolismo del triángulo corresponde al del número tres. No puede ser plenamente desentrañado más que en función de sus relaciones con las otras figuras geométricas.
Según Boecio, que adopta las concepciones geométricas platónicas y que los autores romanos estudian, la primera superficie es el triángulo, la segunda el cuadrado y la tercera el pentágono. Toda figura, si se hacen partir unas líneas de su centro hasta los ángulos, puede ser dividida en varios triángulos. El triángulo está en la base de la formación de la pirámide (De Arithmetica, II, vi; P.L. 63, c. 1121 y II, XXII, c. 1129).
El triángulo equilátero simboliza la divinidad, la armonía y la proporción. Dado que toda generación se produce por división, el hombre corresponde a un triángulo equilátero cortado en dos, es decir a un triángulo rectángulo. Este, según expone Platón en el Timeo, es también representativo de la tierra. Esta transformación del triángulo equilátero en triángulo rectángulo se traduce por una pérdida de equilibrio.
2. Las figuras geométricas que vienen tras el triángulo equilátero son el à cuadrado y el à pentágono. Al adoptar el pentágono la forma estrellada se convierte en un pentagrammon que designa la armonía universal. Se lo encuentra a menudo, pues se emplea como talismán contra las malas influencias. Es la clave de la geometría y está en la base de la sectio aurea (cf. F.M. Lund, Ad qua dratum. Elude des bases geométriques de ‘architecture religieuse dans anhiquité el au Moyen Age découvertes dans la caihédra le de Nidaros, París, p. 2ss. 1 39ss), llamada también proporhio divina. El doctor J.E. Emerit ha mostrado, a propósito del pentágono y del à dodecaedro (J.E. Emerit, Acupunclure el Astrologie, Embats [1955, p. 124ss); cómo se efectúa la transición del pentágono, que designa el mundo de los planos, al dodecaedro, que representa el mundo de los volúmenes y corresponde a los doce signos zodiacales. El reproduce un texto de Davisson. Cada uno de los sólidos primarios (hexaedro, tetraedro y dodecaedro) tiene su plano propio: el cubo, el cuadrado; la pirámide, el triángulo; y el dodecaedro, el pentágono. Las correspondencias entre los números y las figuras geométricas son absolutas. Mientras el hombre es el juego de los contrarios, no puede tener ningún sentido del círculo, que simboliza la unidad y la perfección. Todo se le escapa: el triángulo, el cuadrado, la estrella de cinco puntas y el à sello de Salomón de seis rayas. Si el hombre no ha nacido espiritualmente, estas figuras geométricas mantienen secretos sus símbolos, que corresponden a los números 3, 4, 5 y 6. El dodecaedro no se hace accesible más que en el orden de la perfección (sobre la transmisión de los símbolos, cf. P.D. Duspensky, Fragmenls d’un enseignemeni in connu, París 1950, p. 396ss).
3. Las afinidades entre el cuadrado y el rectángulo en la construcción han sido largamente tratadas por Matila Ghyka. Los triángulos y los rectángulos desempeñan un papel importante; de ahí el sentido de la à escuadra en el arte de la construcción. Thomas Walter, en su crítica de los trabajos de Moessel, cita los versos del libro de los canteros referentes a los ángulos y a los rectángulos. Lo esencial es hallar el centro, definir el punto. Ch. Funck-Hellet intenta una restitución proporcional que nos permite tener un sentido exacto del dato primitivo (ibid., p. 61). La à simetría es siempre fundamental. Si examinamos por ejemplo la catedral de Angouleme, parece innegable que la disposición arquitectónica de la fachada es el reflejo de una disposición interior. Lo mismo ocurre en toda construcción de iglesia románica fiel a la tradición; pero esta realización es más o menos evidente. En Cunault o en Cande por ejemplo, se impone a la mirada del más ignorante de los turistas. Tales ejemplos muestran cómo, en el siglo XI la escultura y la pintura no son distintas de los otros aspectos de la vida espiritual.
4. El triángulo es, entre los antiguos mayas, el glifo del rayo solar, análogo al clavito que forma el naciente germen del à maíz cuando rompe la superficie del suelo, cuatro días después de enterrada la semilla. Está ligado al sol y al maíz y es doblemente símbolo de fecundidad. Aparece también muy a menudo en los frisos orna mentales de la India, de Grecia, y de Roma. Su significación parece constante. Con la punta hacia arriba simboliza el fuego y el sexo masculino; con la punta hacia abajo simboliza el agua y el sexo femenino. El à sello de Salomón está compuesto de dos triángulos invertidos y significa especialmente la sabiduría humana. El triángulo equilátero en la tradición judaica simboliza a Dios, cuyo nombre no se puede pronunciar.
5. Además de su notoria importancia en el pitagorismo, el triángulo es alquímicamente el símbolo del fuego; lo es también del corazón. Hay que considerar siempre a este respecto las relaciones entre el triángulo derecho y el triángulo invertido, siendo el segundo el reflejo del primero: se trata de los símbolos respectivos de la naturaleza divina de Cristo y de su naturaleza humana; son también los de la montaña y la à caverna. El triángulo invertido es en la India el símbolo de la yoni, o matriz (la delta griega tiene por otra parte el mismo sentido); los dos triángulos representan a Purusha y a Prakriti, a Shiva y a Shakti, al à linga y a la yoni, al à fuego y al à agua, las tendencias sattva y tamas. Su equilibrio, en forma de hexágono estrellado (el escudo de David) es rajas, la expansión en el plano de la manifestación. Su conjunción, en la forma del dan2aru de Shiva, se efectúa por la punta: es el bindu, el germen de la manifestación.
6. Conocida es la importancia atribuida por la francmasonería al triángulo, que de nomina «delta luminosa» por referencia, no a la embocadura de un río de múltiples brazos, sino a la forma de la mayúscula griega El triángulo sublime es aquel cuyo ángulo superior tiene 36°, y los dos ángulos de tase 72° (véase el simbolismo de estos números en à treinta y seis). Cada triángulo corresponde a un elemento: el equilátero a la Tierra, el rectángulo al Agua, el escaleno al Aire y el isósceles al Fuego. A los triángulos están ligadas numerosas especulaciones sobre los poliedros regulares, que derivan de los equiláteros; sobre las innumerables tríadas de la historia religiosa (à tres); sobre los trípticos de la moralidad: pensar bien, hablar bien y hacer bien; sabiduría, fuerza y belleza, etc., sobre las fases del tiempo y de la vida: pasado, presente y porvenir; nacimiento, madurez y muerte; sobre los tres principios de base de la alquimia: sal, azufre y mercurio, etc. Tales enumeraciones conducen rápidamente del simbolismo a lo convencional.

El triángulo masónico lleva escrita en la base la palabra «duración» y, sobre los lados que se unen en el vértice, «tinieblas y luz»; lo que compondría el ternario cósmico. En cuanto a la delta luminosa de la tradición, ésta sería un triángulo isósceles con la base más larga que los lados, como el frontón de un templo: con 108° en la cúspide y 36° en cada extremo de la base; semejante triángulo corresponde al à número de oro y además en él se inscriben perfectamente la estrella flamígera y el pentágono .

Fuente: Diccionario de símbolos, Jean Chevalier y Alain Gheerbrant 

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